Por qué sobrepensamos
Desde el análisis de conducta, se entiende que todo aquello que hacemos tiene una función (es decir, un “para qué”), que hace que sigamos actuando de esa determinada manera. Dicho de otra forma: si un comportamiento concreto no nos sirve de nada, tarde o temprano, dejamos de hacerlo. Ese “servirnos de algo”, puede adoptar dos formas diferentes: bien que nos reporte algo positivo o agradable para nosotros, o que nos ayude a ahorrarnos algo negativo o desagradable. En ambos supuestos, la conducta en cuestión se refuerza, es decir, se afianza en nuestro repertorio, en nuestra forma de proceder, haciéndose más probable que volvamos a actuar de la misma manera en una situación similar futura. Pongamos un ejemplo: si cada vez que voy a un restaurante X, el trato es impecable y la comida está riquísima, esto hace más probable que vuelva a ir a dicho restaurante en un futuro, porque ya sé que la conducta de ir, muy posiblemente vaya seguida de algo que me es agradable, algo que me gusta, algo reforzante. Igualmente, si cada vez que me muerdo las uñas en un estado de nerviosismo experimento algo de alivio de mi ansiedad, muy probablemente en la siguiente ocasión en la que me encuentre así, recurriré al mismo comportamiento, porque en el momento me es de utilidad. Esto es a lo que llamamos la función de la conducta.
No obstante, no siempre sabemos identificar la función que cumplen nuestros actos: no siempre sabemos por qué hacemos lo que hacemos. De hecho, es frecuente que nos preguntemos por qué incurrimos en ciertos comportamientos que sabemos que nos hacen mal, y la respuesta breve es que, aunque sea poquito y a corto plazo, por perjudiciales que sean los comportamientos en cuestión, de alguna manera nos funcionan. Preocuparse también es conducta, y no necesariamente es un problema. Si lo hacemos en su justa medida, puede ser una estrategia perfectamente efectiva para tratar de resolver determinados problemas (por ejemplo, pensando soluciones alternativas), e incluso puede ser visto socialmente como una forma de mostrar a nuestros seres queridos que nos importan (como cuando nuestras madres o abuelas nos preguntan reiteradamente si hemos comido o si hemos
cogido el abrigo). No obstante, también está la otra cara de la moneda: la preocupación puede convertirse en algo problemático cuando lo hacemos en exceso y, lejos de ayudarnos, acaba sumiéndonos en un malestar considerable.

Entonces, si tan desagradable es estar dándole vueltas a la cabeza continuamente, ¿por qué seguimos haciéndolo? A continuación vamos a explicar las distintas funciones que puede estar cumpliendo esta conducta, haciendo distinción entre (1) aquellas en las que nos aporta algo agradable, y (2) aquellas en las que sea una forma de ahorrarnos algo desagradable:
- Aunque se experimente como algo mayoritariamente aversivo, la preocupación puede ir seguida de algo que nos resulte en cierta medida positivo o agradable. Esto sucede muchas veces ante situaciones de gran incertidumbre, en las que poco o nada está en
nuestras manos, y lo único que podemos hacer es pensar y repensar, en un intento de ganar control. Por ejemplo: estamos esperando conocer la decisión de otra persona, una decisión que nos incumbe y nos tiene nerviosos. En esa espera hasta conocer el veredicto, rumiamos sin parar todas las posibles conclusiones a las que podría estar llegando la persona, para tratar de anticiparnos y prepararnos sea cual sea el resultado, e incluso pensar cómo actuaremos en función de lo que nos diga. Esto nos otorga cierta sensación de control, de estar mínimamente más preparados para la situación de lo que estábamos antes: hemos contemplado —o creemos haber contemplado— todas las posibilidades. La preocupación también puede aportarnos algo agradable cuando nos hace sentir que estamos cumpliendo con nuestros valores: si tengo interiorizado que ser buena madre es preocuparse hasta la extenuación por lo que hace mi hijo fuera de casa, a lo mejor rumiar sin parar me hace reafirmarme en la idea de que esto que estoy haciendo es lo normal, lo lógico y lo correcto. Lo mismo pasa con la rumia celosa: si creo fervientemente que los celos son una demostración de amor, preocuparme sin parar sobre lo que hace mi pareja cuando está de fiesta pasa a estar más que justificado para mí: “si tengo celos es porque me preocupo, y si me preocupo es porque le quiero”. Conducta reforzada. - El bucle de preocupación a menudo se mantiene porque nos alivia temporalmente de otros malestares. Por ejemplo: cuando nos “rayamos” por una decisión que debemos tomar y no paramos de darle vueltas, por muy mal que lo pasemos en el proceso, en realidad, a efectos prácticos, estamos posponiendo el momento de tomar esa decisión que tanto nos cuesta tomar. Incluso, podemos estar posponiendo las posibles consecuencias derivadas de tomar dicha decisión. Esto también pasa con la rumia en torno a ciertas obligaciones que debemos cumplir (i.e: estudiar para los exámenes finales), o cuestiones que queremos cambiar (ciertos hábitos, la decoración de nuestra casa, etc.): preocuparme por todo lo que tengo que estudiar u ordenar en mi habitación, en realidad, es una manera de no ponerme a ello porque me supone un esfuerzo. En este sentido, la preocupación podría considerarse una forma de evitación —no nos moviliza a la acción, sino que nos estanca— y, aunque efectiva a corto plazo, lejos de reducir el malestar psicológico, acaba por prolongarlo: en un intento de ahorrarnos sufrimiento futuro, al pre-ocuparnos, a menudo lo experimentamos por partida doble.
Muy bien, Carmen, y ahora que sé todo esto: ¿cómo rompo el bucle de preocupación? En primer lugar, conviene pararse a analizar si aquello por lo que uno se preocupa es un problema actual, abordable, o si es algo hipotético que no ha ocurrido aún; puesto que si no se ha dado siquiera, no es algo de lo que pueda realmente ocuparme. Si se trata de un problema abordable, el siguiente paso es preguntarse: ¿esto que me preocupa es algo que pueda solucionar de alguna manera? ¿o por el contrario escapa completamente de mi control? Si existe margen de maniobra, sería de utilidad hacer una lista de todo aquello que pueda hacer yo, que esté en mis manos, para empezar a ocuparme del problema: puedo pedir ayuda a X, puedo hacer primero esto y después esto otro… cosas factibles, realistas. Si no hay nada que yo pueda hacer, es decir, si no puedo ocuparme, el siguiente paso es evitar pre-ocuparme, y una manera de hacerlo es cuestionar la utilidad de mi rumia. Esto consiste en poner en tela de juicio el bucle de pensamientos que me estancan: ¿qué consecuencias tiene para mí estar pensando estas cosas sin parar? ¿me ayuda a solucionar mis problemas? ¿me hace sentirme bien? ¿merecería la pena pensar de otra manera? ¿podría invertir este tiempo de rumia en otras cosas? En definitiva, y sin intención de emitir un lema simplista ante una cuestión tan compleja: si te puedes ocupar de ello, no te preocupes, ocúpate; si no te puedes ocupar, ni te ocupes, ni te pre-ocupes (o al menos, no en exceso; al fin y al cabo somos humanas).
