La reapropiación del insulto como mecanismo de empoderamiento
Decía Jodorowsky hace unos años en twitter que «las palabras son solo el mapa de una cosa, no son la cosa», y que, por tanto, «la palabra perro no muerde». En parte, es cierto: las palabras al fin y al cabo son una selección artificial de caracteres (si escritas), o de sonidos (si habaldas), que utilizamos para designar a cosas a las que queremos referirnos. No obstante, desde una perspectiva psicológica, las palabras no son neutras, no son inocuas. La palabra perro sí puede morder, o causar tanto dolor como un mordisco real. Y a continuación veremos por qué.

Las palabras cobran valor o carga emocional en función de aquello a lo que las asociemos. En España, ser gilipollas puede funcionar como insulto en tanto que dicha disposición de letras se ha vinculado a una serie de atributos, de cualidades, vistas socialmente como negativas. Hemos aprendido a relacionar la palabra gilipollas con un montón de cosas “malas”, cosas que no querríamos ser, y eso la convierte en una ofensa. Si nos vamos a Noruega y le decimos a un autóctono que es gilipollas, muy posiblemente esta palabra carezca de valor para él, porque en su contexto no ha sido asociada a atributos indeseables, esto es, no ha adquirido el mismo significado, y por tanto no provocará en el receptor el mismo malestar que podría generarle a alguien de España. El proceso por el cual las palabras adquieren un significado y la capacidad de generar en nosotras respuestas emocionales es el condicionamiento clásico: dejan de ser simples disposiciones de letras para pasar a ser estímulos condicionado (como la campanita que hacía al perro de Pavlov salivar tras haber sido previamente asociada a la aparición de comida).
Este es el motivo por el cual palabras como «maricón» o «gorda» se han utilizado y han funcionado como insultos, como ofensas, en lugar de considerarse meras descripciones, que es lo que son: la primera, referente a hombres cuyo interés sexoafectivo se dirige a otros hombres; la segunda, aludiendo a una persona cuyo peso excede el que los cánones de belleza culturales y la medicina —no inmune a estos— han determinado como deseable o atractivo. En lugar de designar simplemente esto —significado denotativo—, estas dos palabras llevan consigo implícitas muchas otras de las que lo más normal es querer rehuir: promiscuo, pecaminoso, irresponsable, débil, enfermo… o vaga, descuidada, fea, indeseable, fracasada, etc (significado connotativo).
Lo que se ha ido observando en estas últimas décadas —por ejemplo, con el término anglosajón queer— es que determinadas minorías se han adueñado de las palabras que se arrojaban contra ellas como insulto para hacer de estas su estandarte. Al cambiar el sujeto que las enuncia —ya no es el otro, de arriba abajo, superior—, cambia la connotación con la que se enuncian y por tanto, poco a poco, también las emociones que suscitan en el cuerpo. Despojar a la palabra maricón de todos los significados negativos a los que se había vinculado y pasar a asociarla a atributos neutros o positivos, desde una perspectiva psicológica, es lo que llamaríamos contracondicionamiento. Si antes queer aludía a toda forma anómala de sexualidad, a quien no pudiera ser fácilmente reconocido como hombre o mujer, a lo raro o excéntrico, en los años 80-90 del siglo pasado, tras la crisis del sida, un conjunto de microgrupos radicales se reapropiaron el término e hicieron de este un acto de resistencia a la norma impuesta, una reivindicación política, empleándolo en un sentido positivo y convirtiéndolo en motivo de orgullo, teniendo así lugar su resignificación.

De este ejemplo puede extraerse lo siguiente: en la medida en la que nos exponemos a palabras que nos han causado daño y las resignificamos (“tengo las piernas gordas y horribles” VS “gracias a estas piernas bailo y conozco rincones del mundo”), podemos lograr disminuir el malestar o las emociones desagradables que nos generaban en primera instancia. De esta manera, podría hablarse de la reapropiación del insulto como un posible mecanismo de empoderamiento, una herramienta a considerar en procesos terapéuticos en los que la persona presente dificultades para pronunciar y asumir ciertas descripciones de sí misma. Y es que, ¿por qué orientar toda su conducta o su discurso a no ser o no nombrarse como aquello que ni siquiera sería malo ser (gorda, flaca, maricón, o X)?
“Las palabras tienen un enorme potencial, no solo a la hora de transmitir información o comunicarnos, sino como estímulos capaces de provocar respuestas emocionales en nosotros mismos y en los otros. De nosotros depende elegir en qué términos queremos hablarnos a nosotros mismos y a los demás. Debemos elegir las palabras con las que describir la realidad, pues de su mayor o menor ajuste a la misma, dependerá nuestra forma de reaccionar ante ella”.
Miriam Rocha, psicóloga (2020).

Referencias:
- Gros, A.E. (2016). Judith Butler y Beatriz Preciado: una comparación de dos modelos
teóricos de la construcción de la identidad de género en la teoría queer. Civilizar,
16(30): 245-260. Recuperado de:
http://www.scielo.org.co/pdf/ccso/v16n30/v16n30a18.pdf
- Jodorowsky, A. [@alejodorowsky]. (3 de octubre de 2020). Las palabras son solo el
mapa de una cosa, no son la cosa. La palabra “perro” no muerde…. [Tweet]. Twitter.
https://twitter.com/alejodorowsky/status/1312428480014036992?s=20&t=-c0S1T_xz
U0cpqEgkTUW7Q - Miriam Rocha Díaz. [@miriamrocha_psicologa]. (1 de septiembre de 2020). El poder
de las palabras. [Fotografía]. Instagram.
https://www.instagram.com/p/CElhQnzqVaa/?utm_source=ig_web_copy_link - Miriam Rocha Díaz. [@miriamrocha_psicologa]. (4 de septiembre de 2020). El poder
de las palabras – Parte 2. [Fotografía]. Instagram.
https://www.instagram.com/p/CEuSCPkq32d/?utm_source=ig_web_copy_link